Los aretes
La mujer sufrió como cualquier madre cuando pierde a uno de sus hijos, aún bebe, pero enterró a la niña con gran entereza, con la entereza y la severidad que los tiempos de preguerra exigían, incluso para la muerte de una niña de dos años.
Mucho fue el tiempo que duro el luto, y tanto o mas fue el dolor que le produjo ver en las orejas de la mujer del enterrador los aros de oro que llevaba su pequeña en el momento de enterrarla.
-Esos son los aretes de mi niña- decía cada vez que la veía, haciendo que sus otros hijos y su marido la regañaran y la suplicasen silencio por la calle.
Y fueron pasando los años y los encuentros por la acera y siempre la mujer del enterrador con los ojos bajos y aquellos aretes en los lóbulos.
La enterraron mucho después, y el párroco llamo a la única hija viva, que emigró a otras tierras años antes y que solo entonces, volvió a aquel desolado lugar.
-Este sobre me lo dejaron ayer para usted en mi buzón.- dijo el párroco, extendiendo la mano.
Solo al sacar los aretes del sobre, comprendió, cuan cruel había sido la vida con su madre, y el resto de la suya se preguntó si le habría dolido mas su falta de fe en ella o saber que habían expoliado a su hermana difunta.
En el mismo momento el rítmico balanceo de los pies de aquella otra mujer, contrastaban con el rictus de su lengua mortecina saliendo de su boca suicida, de su cuello roto, de sus desnudos lóbulos sobre el lazo corredizo.
PD: Historia parcialmente sacada de la de mi bisabuela materna y novelada, partiendo de los comentarios que circulan por la familia. Lo que parece ser cierto es que nunca nadie la creyó.

El domingo pasado se corrío el maraton de Madrid, aquel donde me estrené hace dos años y que me pasó factura el año pasado.